En esos años, un amigo realizó un experimento conmigo. Fue contando cuántas veces repetía la palabra —o más bien la pregunta— “¿cierto?” al cerrar una frase o una idea. Yo ya sabía que esa era mi muletilla, pero no era plenamente consciente del abuso que hacía de ella.
Para resumirlo brevemente: la repetí cerca de veinticinco veces en media hora. Francamente, fue revelador.
Cada persona, en mayor o menor medida, utiliza muletillas. Se trata de expresiones innecesarias, carentes de contenido real, que repetimos de manera inconsciente.
Ahora bien, en Juan 15 ocurre algo llamativo: la palabra griega ménō se repite diez veces en apenas seis versículos. Surge entonces una pregunta legítima: ¿estamos frente a una simple reiteración lingüística? ¿Usaba Jesús muletillas?
Juan 15:1-12 es una sección marcada por esta repetición constante, pero lejos de ser casual, todo indica que el Señor la utiliza de forma intencional, con un propósito claramente superior. Dividiremos esta porción en tres reflexiones distintas.
Primera parte: “Permaneced en mí” (versículos 4-6). Sí, el título no destaca por su originalidad.
En esta ocasión dejaré deliberadamente de lado los tres primeros versículos del capítulo, solo por ahora.
Ménō significa “permanecer”, “morar”, “perdurar”, “estar”, “retener”, “vivir”. Lo central no es solo la acción inicial, sino el hecho de que se trata de una experiencia que se extiende en el tiempo. No implica inmovilidad ni estancamiento, sino un contacto constante y sostenido.
Cristo utiliza la relación vital entre la vid y el pámpano para ilustrar nuestra relación ideal con Él. El paralelismo es evidente: así como el pámpano se seca, muere y finalmente cae cuando se separa de la vid, de la misma manera, al apartarme de la presencia de Cristo, comienzo inevitablemente a decaer y a morir espiritualmente.
No deja de ser llamativo cómo, de manera casi inconsciente, llegamos a creer que un sermón semanal es alimento suficiente para enfrentar las pruebas y tentaciones de la vida cristiana.
Es aquí donde la palabra “permanecer” adquiere todo su peso. No es posible sostener una vida espiritual saludable mediante contactos esporádicos con Jesús o a través de “oraciones relámpago”.
Tanto la experiencia personal como la evidencia bíblica confirman que necesitamos más que chispazos espirituales. Necesitamos tomar una decisión clara y deliberada: apartar un tiempo específico para permanecer en la presencia de Dios (Salmo 5:3).
Los frutos son la evidencia. “El que permanece en mí lleva mucho fruto”, afirma el Señor. No puede existir una vida en comunión con Cristo que no produzca algún tipo de fruto, ya sea visible en lo espiritual o en lo relacional. La evidencia del compañerismo con Dios es una consecuencia natural.
Esto nos confronta con preguntas incómodas, pero necesarias. ¿Puede alguien justificar su conducta diciendo: “El Señor me hizo así” o “así me conoció el Señor”, sin esforzarse por cambiar hábitos o actitudes que deshonran su fe? Este pasaje nos llama a la autenticidad. Desafía la apariencia y amonesta la falsedad. Nos invita a examinarnos con honestidad y a procurar una vida transformada.
Resulta interesante el contraste entre ménō (“permanecer”) y diaménō (“permanecer igual”), término que aparece en 2 Pedro 3:4. Aunque pueden traducirse de manera similar, expresan realidades muy distintas.
Dios no desea que permanezcamos simplemente en el tiempo sin cambios (diaménō). Su voluntad es que permanezcamos en Él (ménō), creciendo, dando fruto, y dando mucho fruto. De ese modo, el carácter revela el tiempo invertido en la presencia de Dios. La calidad del servicio refleja la profundidad de la comunión. La transparencia de las palabras deja ver a Cristo. Incluso nuestros temas de conversación, gustos, pensamientos y hábitos comienzan a ser transformados positivamente por el Salvador.
Tomemos la decisión consciente de apartar tiempo real para estar con Dios. Es vital para la victoria espiritual y esencial para el crecimiento cristiano. Permanezcamos en Cristo. Pasemos tiempo con Él, y los frutos vendrán como una consecuencia natural.

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