La antena de celular incorporada en el dispositivo era la causa. Una interferencia, en términos simples, es un suceso que perturba la transmisión, recepción o retención de un mensaje.
Esta experiencia cotidiana me recordó un pasaje bien conocido del evangelio de Mateo 19:20-22, el encuentro de Jesús con el llamado “joven rico”:
—Todos esos mandamientos los he cumplido —dijo el joven—. ¿Qué más me falta?
—Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dalo a los pobres; así tendrás tesoro en el cielo. Luego ven y sígueme.
—Cuando el joven oyó esto, se fue triste, porque tenía muchas riquezas.
El dinero, en sí mismo, no es presentado en la Biblia como el problema. Patriarcas, reyes, hombres y mujeres de fe poseyeron bienes y recursos. Por lo tanto, el conflicto de este joven no radicaba en la cantidad de dinero que tenía, sino en la adoración que había establecido hacia sus riquezas. Para él, los bienes —el oro y la plata— ocupaban el lugar central.
Es significativo observar el contraste entre la forma en que llegó a Jesús y la manera en que se retiró de su presencia.
—«Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?» Hay interés, sinceridad y un deseo aparente de seguir a Cristo.
—«Oyendo estas palabras… se fue triste». Apenado, contrariado y confundido, tomando una mala decisión.
¿Qué ocurrió? Interferencia. Entre Cristo y aquel joven, sus riquezas perturbaron su discernimiento y condicionaron su respuesta.
Esto no es extraño ni novedoso.
Cuando tú y yo, cuando nosotros, comenzamos a dar pasos firmes hacia un encuentro o una reconciliación con Dios, algo o alguien —un pensamiento, una relación, una posesión— suele estar listo para generar interferencia. Nos intercepta, nubla la vista, esconde a Cristo. Debilita nuestra resistencia en la prueba, ocupa la mente y desvía los ojos del Supremo Guía.
Hace un tiempo pregunté a una mujer, hija y hermana de miembros de iglesia, por qué aún no se había bautizado, a pesar de conocer bien la Biblia y la iglesia. Su respuesta no me sorprendió; de hecho, la he escuchado —y probablemente tú también— más de una vez:
—El hermano X me dijo “tal cosa” y vi a la hermana Y hacer “aquello”. Por esas personas no voy a la iglesia.
Sin ánimo de justificar ni de condenar, esta situación se ha vuelto cada vez más frecuente. En estos escenarios debemos actuar con cuidado y sabiduría, y no permitir que mi relación con Dios, que mi salvación, se fracture por los hábitos o incoherencias de otros.
Este es un desafío diario y profundamente personal.
¿Cuáles son las cosas que interfieren hoy en mi relación con Dios?
¿Qué hábitos no me permiten encontrarme con Él por las mañanas?
¿Por qué continúo dándoles espacio, aun sabiendo que me dañan?
Jesús, en cierta ocasión, preguntó a dos ciegos:
—«¿Qué quieren que les haga?»
—«Señor, que sean abiertos nuestros ojos», respondieron. (Mateo 20:32-33)
Que esa sea también nuestra oración:
“Señor, abre mis ojos; úngelos con colirio. Ayúdame a ver mi verdadera condición y qué impide mi completa entrega. Líbrame de ellas y atráeme a ti.”

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