Permanecer: En Cristo, en su Palabra y en su Amor - Parte 3


Hoy abordamos la tercera parte —y, por ahora, la final— de nuestra reflexión en torno a Juan 15:4-11. En esta ocasión nos detenemos en los versículos 9 al 11:

“Como el Padre me ha amado, así también yo os he amado; permaneced en mi amor.
Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor.
Estas cosas os he hablado, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea cumplido.”

En estos versículos, la palabra “permanecer” aparece tres veces, estrechamente vinculada con el amor. No es una reiteración accidental, sino una afirmación progresiva y profundamente intencional.

Deleitarnos en su bondad, refugiarnos en sus brazos amorosos y recordar que su amor alcanza incluso el abismo más profundo en el que podamos encontrarnos, es permanecer en su amor. No alejarnos de su presencia y escucharlo atentamente a través de su Palabra también es permanecer en su amor.

Sin embargo, el texto añade un elemento que no puede pasarse por alto.

Jesús afirma: “Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor”. Esta declaración resulta especialmente significativa, sobre todo si consideramos que, no pocas veces, se ha afirmado que la ley es esclavizadora o que está “clavada en la cruz”.

Entonces surge una pregunta legítima: ¿cómo se relaciona el amor a Dios con la obediencia a sus mandamientos?

La respuesta no es compleja. Cuando una persona ama genuinamente a otra, su reacción natural es procurar agradarla, atender sus consejos y compartir tiempo con ella. En la conducta se evidencia la relación. El amor no permanece en el plano teórico; se traduce en decisiones concretas.

La forma de hablar de Pedro delataba que había estado con Jesús (Mateo 26:73). Su cercanía con el Maestro dejó huellas visibles.

La fidelidad y la obediencia son frutos del amor. La fidelidad de un esposo o de una esposa refleja amor. La obediencia y el respeto de un hijo son consecuencia del amor. Cuando estas características están ausentes, también lo está el amor.

Jesús ya lo había expresado con claridad en otra ocasión: “Si me amáis, guardad mis mandamientos”. Se trata de un amor que se concreta en la obediencia; un amor que se hace visible en mi obediencia y en la tuya.

Del mismo modo, resulta imposible aceptar y guardar la voluntad de Dios sin amarlo. En ese caso, la obediencia se vuelve una carga pesada y frustrante. Precisamente por eso necesitamos pasar tiempo con Él, deleitarnos en su amor y en su compañía.

La serie concluye con las palabras del versículo 11: “Estas cosas os he hablado, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea cumplido”.

Permanecer en Cristo, en su Palabra y en su amor constituye la base de una vida que experimenta el gozo que proviene de Dios. Todos anhelamos —sin excepción— esa paz interior, esa certeza de la presencia divina. Para ello, es necesario aplicar estos tres principios espirituales: permanecer en Cristo, permanecer en su Palabra y permanecer en su amor.

La decisión que debemos tomar —y que personalmente asumo— es procurar pasar tiempo real y consciente en la presencia del Señor.

Como bien se nos aconseja:

“Conságrate a Dios todas las mañanas; haz de esto tu primer trabajo.
Sea tu oración: ‘Tómame, oh Señor, como enteramente tuyo. Pongo todos mis planes a tus pies. Úsame hoy en tu servicio. Mora conmigo, y sea toda mi obra hecha en ti’.
Este es un asunto diario. Cada mañana conságrate a Dios por ese día.
Somete todos tus planes a Él, para ponerlos en práctica o abandonarlos según te lo indique su providencia.
Sea puesta así tu vida en las manos de Dios, y será cada vez más semejante a la de Cristo.”
(Camino a Cristo, pp. 69–70)

Se trata, en definitiva, de una experiencia cotidiana: permanecer, amar y obedecer, para que el gozo de Cristo sea una realidad plena en nosotros.

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