En la actualidad, en nueve países de África, Asia y América Latina, la lepra continúa siendo considerada un problema de salud pública. Estas naciones concentran aproximadamente el 75 % de la carga mundial de la enfermedad. De hecho, aún se requieren esfuerzos significativos para lograr su eliminación en cinco países en particular: Brasil, India, Madagascar, Mozambique y Nepal.
Durante el año 2004 se registraron alrededor de 410.000 nuevos casos de lepra y, a comienzos de 2005, cerca de 290.000 personas se encontraban bajo tratamiento. Gracias a la poliquimioterapia y a otros avances terapéuticos implementados desde 1985, más de 14 millones de enfermos han sido curados en todo el mundo.
En ese contexto resuena la súplica del leproso: “Si quieres, puedes limpiarme” de Marcos 1:40.
En la mente de aquel hombre afligido se levantaban, al menos, tres grandes obstáculos, cualquiera de los cuales habría sido suficiente para tornar lejana —e imposible— la esperanza de sanidad.
El primero estaba ligado a la historia. Hasta donde se sabía, no existía registro de un leproso sanado desde los días de Eliseo. En la historia de Israel, Naamán, general sirio, había sido el último en recibir sanidad de esta enfermedad (2 Reyes 5). Ese hecho había dejado un precedente notable del amor divino que trasciende fronteras nacionales, pero también había ocurrido hacía casi ochocientos años. Para este hombre, el milagro de Naamán era apenas un relato antiguo, transmitido por los profetas, con escasa conexión con su propia realidad.
El segundo obstáculo parecía aún más difícil de superar. Según la creencia religiosa, el leproso se encontraba bajo la maldición de Dios. ¿Estaría Jesús dispuesto a sanarlo? En el pensamiento judío de la época, la lepra era vista como un castigo divino a causa del pecado (Levítico 13:2). Esa idea pesaba fuertemente sobre su conciencia.
¿Cómo presentarse entonces ante Jesús? ¿Sería aceptado por el Salvador o recibiría el mismo trato que de los fariseos y aun de los médicos: una sentencia de condena y la orden de apartarse de la convivencia humana? Ningún otro leproso se había acercado antes a Jesús. No solo era el primero en ochocientos años; era también el primero durante el ministerio de Cristo. Sin embargo, una verdad lo sostuvo: ninguno de los que habían solicitado la ayuda del Salvador había sido rechazado. Aferrado a esa esperanza, decidió buscarlo. Aunque no podía entrar en las ciudades, tal vez podría cruzarse con Él en algún sendero de montaña o hallarlo enseñando en las afueras de un poblado. Las dificultades eran muchas, pero aquella era su única oportunidad.
El tercer obstáculo era de carácter práctico. ¿Cómo acercarse a Jesús para formular su petición? Dondequiera que el Maestro iba, las multitudes se agolpaban a su alrededor, y la ley ritual prohibía estrictamente que un leproso se aproximara o se mezclara con otras personas (Levítico 13:45-46).
Desde la distancia, el leproso alcanzó a oír palabras del Salvador. Lo vio poner sus manos sobre los enfermos. Observó a cojos, ciegos, paralíticos y moribundos levantarse sanos, alabando a Dios por su liberación. Aquella escena fortaleció su fe.
Fue una notable demostración de fe: avanzar hacia los brazos del Salvador sin conocer plenamente cuál sería su respuesta.
Siendo instructor bíblico he conocido personas que, por temor al futuro, han desistido de acercarse a Cristo. Las he escuchado cuestionar sus decisiones, paralizadas por el miedo a la familia o al rechazo de las amistades. Hombres y mujeres que permitieron que la duda y el temor se interpusieran entre ellos y Jesús. Pero también he conocido a muchos otros que avanzaron en la fe, paso a paso, a veces con movimientos pequeños, otras con decisiones más firmes. Con frecuencia, nuestras vidas han sido guiadas sin conocer con claridad el futuro inmediato.
El testimonio de este leproso se convierte así en una fuente de ánimo para quien teme al porvenir y a sus consecuencias, para aquel que siente la necesidad de pruebas antes de avanzar.
Quienes hemos aceptado la salvación del Señor no tenemos a quién temer: “Jehová es mi luz y mi salvación; ¿de quién temeré?” (Salmo 27:1). Él garantiza su ayuda y su sustento, y nos invita a dejar de lado el temor, porque es nuestro Dios quien nos sostiene (Isaías 41:10).

Comentarios
Publicar un comentario