En más de una ocasión he planteado la pregunta: ¿qué significa realmente “todo”? La respuesta suele ser inmediata: “todo es… todo”. Sin embargo, aunque parezca obvio, se trata de una palabra que no deja nada fuera. No excluye; abarca la totalidad de algo.
Cuando la Biblia declara: “Pedid todo lo que queráis, y os será hecho”, se activan, al menos, dos reacciones. En primer lugar, la mente comienza a divagar. Repasamos necesidades, deseos, anhelos antiguos o recientes: “esto me gustaría tener”, “esto realmente lo necesito”. En segundo lugar, emergen los recuerdos: lo que hemos recibido, lo que creemos merecer, incluso aquello que pensamos que se nos debe. Luego volvemos al texto bíblico y surge una pregunta inevitable: ¿realmente se nos dará todo, tal como afirma la Escritura?
En ese contexto, resulta inevitable recordar las palabras de Santiago 4:3: “Pedís y no recibís, porque pedís mal…”.
Aquí conviene hacer una pausa. Este no es un asunto sencillo. En él intervienen los tiempos de Dios, sus propósitos y, por supuesto, la fe.
El texto introduce un elemento clave: la manera correcta de pedir. En su sencillez, el versículo es contundente. Es posible que estemos pidiendo cosas incorrectas, pero también que estemos pidiendo de forma incorrecta o con motivaciones equivocadas, incluso sin advertirlo.
Esto se relaciona directamente con nuestras peticiones. No es extraño que, en nuestra experiencia personal, nuestros padres nos hayan concedido aquello que realmente necesitábamos y no necesariamente lo que con insistencia pedíamos. Muchas veces, en su momento, no lo comprendimos.
Isaías 55:8-9 lo expresa con claridad: “Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos… Como es más alto el cielo que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos”.
Si los caminos de Dios son más altos que los nuestros, entonces también sus deseos y propósitos para nuestra vida serán más profundos y amplios de lo que alcanzamos a percibir. Con frecuencia vivimos en desacuerdo con Dios. No porque Él se equivoque, sino porque el pecado ha afectado nuestra manera de pensar y relacionarnos con Él. Por eso no debería sorprendernos que Dios piense de forma distinta a nosotros; de hecho, ocurre más a menudo de lo que creemos.
Llegados a este punto, alguien podría concluir que comprender los propósitos de Dios es una tarea demasiado compleja.
Entonces surgen preguntas legítimas: ¿podemos pedir con libertad y esperar que todo nos sea concedido?, ¿cómo pedir de manera correcta?, ¿qué cosas puedo pedir que estén en armonía con el propósito de Dios para mi vida?
La respuesta se encuentra en el texto que nos ocupa: Juan 15:7, donde nuevamente aparece la palabra clave: “permanecer”.
“Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros…”
Para que la promesa de “todo lo que pidáis” se cumpla, existen prerrequisitos claros: una relación viva con Jesús y una relación constante con su Palabra. Ambas son inseparables.
Aquí cobra especial relevancia nuestra vinculación con la Palabra del Señor. ¿Por qué? Porque es ella la que nos revela, de manera auténtica, los planes de Dios. En la devoción personal comprendemos su voluntad, nos acercamos a su pensamiento y permitimos que nuestra visión sea transformada: nuestra manera de ver a Dios, de reconocer el pecado, de evaluar las consecuencias de nuestras decisiones y de discernir nuestras verdaderas necesidades.
El estudio de la Biblia amplía nuestros horizontes espirituales. Además, se cumple la promesa de Mateo 6:33: al buscar en primer lugar las realidades espirituales, Dios se encarga de suplir las necesidades terrenales.
En síntesis, al entrar en contacto con Dios a través de su Palabra, comenzamos a sintonizar con su mente y con sus propósitos. Desde allí, nuestras peticiones se alinean con su voluntad, y la promesa se vuelve real.
De ahí la importancia de permanecer en su Palabra.

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