Si quieres, puedes limpiarme - Tercera parte


Ni el leproso ni quienes presenciaron la escena podían creerlo. Un hombre completamente limpio de lepra, restaurado a la comunión con Dios. Ante sus propios ojos, había sido sanado por Jesús con un solo toque de su mano.

En medio de la alegría, aquel hombre ya se imaginaba el reencuentro con su familia y la expresión de sus rostros al volver a verlo. Sin embargo, Jesús lo interrumpe con una instrucción precisa: no debía decir nada a nadie; antes bien, debía presentarse ante el sacerdote y ofrecer el sacrificio correspondiente por su limpieza.

Surge entonces la pregunta: ¿qué sentido tenía esta orden? ¿Por qué era tan importante aquella ofrenda?

Probablemente confluyeron varios factores en la decisión de Jesús de ordenar silencio al leproso y enviarlo de inmediato a los sacerdotes. En primer lugar, era necesario actuar con prontitud para que el hombre se presentara ante ellos antes de que supieran quién lo había sanado. Solo así podía esperar un juicio imparcial. Si los sacerdotes conocían que había sido Jesús quien lo había limpiado, existía el riesgo de que se negaran a certificar su purificación.

En segundo término, Jesús procuraba evitar que se consolidara la idea de que su misión se reducía a la de un simple taumaturgo. Los relatos evangélicos muestran con claridad que los milagros ocupaban un lugar secundario en su ministerio. Su propósito central era la salvación del ser humano. Por ello, exhortaba constantemente a buscar primero el reino de los cielos, con la certeza de que el Padre supliría lo necesario (Mateo 6:33). Existen numerosos pasajes en los que Jesús prohíbe la divulgación de los milagros realizados (Mateo 9:30; 12:16; Marcos 5:43; 7:36; 8:26), por razones similares (CBA, t. V, p. 562).

En Levítico 14 se describe la ceremonia que debía cumplir el leproso purificado. Esta era la primera de dos ceremonias y se realizaba fuera del campamento. Su finalidad era permitirle reintegrarse a la comunidad y retomar la relación con su familia.

Para ello se requerían dos avecillas silvestres, madera de cedro, grana e hisopo. El sacerdote debía matar una de las aves en un vaso de barro sobre aguas corrientes. Luego tomaba la avecilla viva junto con los demás elementos, los mojaba en la sangre de la avecilla muerta y rociaba siete veces al purificado, declarándolo limpio. Finalmente, soltaba la avecilla viva en campo abierto.

Debe haber sido un regreso cargado de gozo el camino de este hombre de vuelta al campamento.

La ceremonia constituía un cuadro profundamente simbólico de lo que Dios había hecho y continuaría haciendo por el leproso. Representaba a un hombre condenado a muerte y, al mismo tiempo, su liberación. Así como el leproso quedaba libre de la enfermedad, la avecilla era liberada para volar por el campo.

Esa ave, manchada de sangre, se convertía sin saberlo en portadora de un mensaje silencioso de esperanza. Volaría sobre regiones habitadas por otros leprosos. Al verla, quienes habían perdido toda expectativa podrían recordar la antigua historia de Naamán y comprender que la curación era posible, que la salvación había llegado, que la lepra podía ser sanada.

Las secuelas de este relato nos alcanzan hoy. Las personas siguen necesitando encontrarse con la única esperanza de una vida verdaderamente restaurada. Hay quienes convalecen de enfermedades no visibles: ceguera moral, parálisis espiritual, conformismo religioso, consumismo, o la profunda convicción de no poder ser perdonados por Dios. Millones se sienten decepcionados por la religión y, en no pocos casos, incluso dentro del cristianismo.

Para esta misión, Dios ha decidido valerse de seres humanos en favor de otros. Así como la avecilla voló por el campo dando testimonio de la salvación mediante su pecho manchado de sangre, también nosotros estamos llamados a transitar este mundo como testigos vivos de Dios. Un testimonio del poder restaurador que Jesús manifestó y de su interés real y compasivo por las necesidades humanas.

¿Por qué un testimonio “vivido”? Porque, al igual que Juan el Bautista, nuestra vida debe ser coherente con el mensaje que afirmamos creer. El apóstol Pablo señala que somos “cartas abiertas”, conocidas y leídas por todos (2 Corintios 3:2–3). Ezequiel nos presenta como atalayas, responsables de advertir con sonido certero el peligro que se aproxima (Ezequiel 33). Pedro afirma que hemos sido llamados para “anunciar las virtudes de aquel que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable” (1 Pedro 2:9).

La ofrenda del leproso volaba con un mensaje simple y contundente: “Yo he sido sanado; tú también puedes serlo”. ¿Cuántos caminan hoy pensando que Dios se ha olvidado de ellos? Se sienten abandonados, atrapados en problemas sin salida. Para ellos, el mensaje sigue siendo el mismo: Dios me ha bendecido, liberado, sanado y perdonado. Él también puede hacerlo contigo. Él es real y está profundamente interesado en tu vida.

La esperanza es Jesús. No lo olvidemos. Mi vida, tal como es, constituye un testimonio a favor o en contra de Dios.
Tu vida puede ser como aquella ave liberada: un testigo silencioso y fiel de la obra restauradora de Dios.

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