Si quieres, puedes limpiarme - Segunda parte


La palabra traducida como “lepra” proviene del hebreo tsara‘, cuyo significado incluye “golpear”, “abatir” o “azotar”. Desde esta perspectiva, una persona afectada por lepra era considerada como alguien azotado, presumiblemente, por un castigo divino a causa del pecado. Este principio se manifiesta con claridad en algunos casos bíblicos, como el de María (Núm. 12:10), Giezi (2 Rey. 5:27) y Uzías (2 Rey. 15:5). Sin embargo, en otros relatos del Antiguo Testamento no resulta evidente que esta relación causal se aplique de manera directa (2 Rey. 5:1; 7:3).

La diversidad de síntomas asociados a la “lepra” en Levítico 13 y 14 refuerza la idea de que, bajo este término, se agrupaban distintas enfermedades de la piel. En un contexto donde la ciencia médica aún no existía como disciplina formal, debió de ser extremadamente complejo para los sacerdotes establecer diagnósticos precisos. Todo indica que Moisés, bajo la dirección de Dios, reunió estas afecciones similares bajo una misma denominación: “lepra”.

La ley ritual declaraba inmundo al leproso. Era tratado como si estuviese ya muerto y expulsado de la convivencia humana. Todo aquello que tocaba quedaba contaminado, y aun su aliento era considerado impuro. Una vez diagnosticado, el leproso era aislado de su familia, separado de la congregación de Israel y forzado a relacionarse únicamente con otros en la misma condición. Ni siquiera los reyes estaban exentos: un monarca afectado debía abandonar el trono y huir de la sociedad.

En su etapa inicial, la enfermedad se manifestaba apenas como una pequeña mancha en la piel, sin dolor ni mayores molestias. Podían transcurrir meses, e incluso años, antes de que la enfermedad se desarrollara plenamente. En las fases avanzadas, el aspecto del enfermo se tornaba profundamente degradado: la nariz y los dedos se consumían, los párpados desaparecían, la vista se perdía y la persona adquiría una apariencia espectral.

El leproso vivía una muerte anticipada. Su voz se deterioraba hasta extinguirse, el aliento se volvía insoportable, las articulaciones se deformaban y el cuerpo se cubría de manchas violáceas de carne corrompida. La enfermedad avanzaba sin freno hasta abarcar todo el organismo y culminar con la muerte. Difícilmente puede imaginarse un cuadro más doloroso y degradante.

Abandonado por familiares y amigos, el leproso se convertía en un objeto permanente de compasión. No sorprende, entonces, que fuese considerado como alguien abandonado por Dios.

Cuando el leproso ruega ser “limpio” y Jesús lo “limpia”, el texto utiliza el verbo griego katharízō (“limpiar”) y no therapeúō (“curar” o “sanar”). A diferencia de otros enfermos que requerían sanidad, el leproso, en cuanto inmundo, necesitaba ser limpiado. Esta distinción terminológica refleja una comprensión más profunda: la lepra no era vista simplemente como una enfermedad física, sino como una condición de impureza moral y ritual.

En Lucas 5:12–14 destacan, entre muchos otros, dos elementos significativos del versículo 13:
a) “le tocó”,
b) “al instante”.

El gesto de tocarlo tiene un impacto visual y emocional profundo, tanto para los espectadores como para el propio leproso. De todo lo que pudo haber imaginado, jamás habría concebido que Jesús lo tocaría. El segundo elemento subraya la inmediatez del milagro. En otros casos, como el de los diez leprosos, la sanidad ocurrió mientras iban de camino al templo (Luc. 17), y el ciego de nacimiento recobró la vista al lavarse en el estanque de Siloé (Juan 9). Aquí, en cambio, la limpieza es instantánea.

¿Por qué al instante?

Existen múltiples factores que influyen en cuándo, dónde y cómo Dios responde a nuestras peticiones. En esta ocasión, nos detenemos solo en uno: las prioridades. Como ya se ha señalado, la lepra no era considerada únicamente una enfermedad, sino un castigo divino por el pecado. Se entendía como la manifestación externa de una culpa interna. Quien la padecía no solo quedaba excluido social y moralmente, sino que también era visto como alguien abandonado por Dios.

Esta misma lógica se aplicaba a otras condiciones: la infertilidad, la ceguera de nacimiento o la parálisis congénita. Toda enfermedad de origen desconocido o presente desde el nacimiento era interpretada como consecuencia del pecado propio o de los padres.

El relato del paralítico en Marcos 2 resulta esclarecedor. Este hombre es llevado ante Jesús por cuatro amigos, descendiendo por el techo. Frente a él, Jesús declara: “Hijo, tus pecados te son perdonados”. El paralítico no pronuncia palabra alguna antes ni después de esta afirmación. El silencio domina la escena. Surge entonces la pregunta: ¿por qué Jesús actúa de esta manera? ¿No habría sido más valioso devolverle primero la capacidad de caminar?

Aquí se establece el vínculo entre el paralítico de Marcos 2 y el leproso de Lucas 5. Ambos cargaban con la misma culpa. Años de sufrimiento sin comprender por qué Dios los castigaba. Noches interminables intentando identificar su falta. Despreciados, heridos y constantemente amonestados. Para la sociedad, para sus familias y aun para ellos mismos, eran culpables. Así creían que Dios los veía.

Cuando el Señor los libera de sus enfermedades, los libera también —real y profundamente— de su culpa. Los restaura a la comunión con Dios. No era solo la curación física lo que anhelaban, sino el alivio de la carga del pecado. Si podían ver a Jesús y recibir la seguridad del perdón y la paz con el cielo, estaban dispuestos a vivir o morir conforme a la voluntad divina.

La desesperación se desvanece del alma; la paz del perdón penetra en el espíritu y se refleja en el rostro. El dolor físico cede, y toda la persona es transformada. Primero viene la restauración espiritual y luego la física. Así lo expresa Jesús: “Levántate, toma tu lecho y vete a tu casa”.

Tanto el paralítico como el leproso hallaron en Cristo sanidad para el alma y para el cuerpo. La curación espiritual precedió a la restauración física. Esta lección no debe pasarse por alto. El Señor no se ocupa únicamente de la salud corporal; su prioridad es restablecer la paz del corazón y reconciliar al ser humano con el cielo.

Esa es una prioridad divina. Nos invita a buscar constantemente las cosas celestiales, a cultivar hábitos espirituales como una preocupación permanente, a vivir cada día en comunión con Él y a experimentar la profunda paz que brota de esa relación.

“Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia”, dice el Señor; lo demás queda bajo su cuidado (Mateo 6:33).

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