No me queda tiempo




“Tengo mucho sueño”.
“No me queda tiempo para nada”.
“Estoy muy cansado”.
“Tengo mucho trabajo”.
“Es demasiado tarde”.
“Tengo otras cosas que hacer”.
“Dios entiende que ahora no alcanzo”.
“Es muy temprano”.
“Tengo mucho frío”.
“Quiero descansar un poco”.

Estas frases, repetidas casi sin reflexión, describen con precisión el ritmo de vida que hemos normalizado. Vivimos en un mundo globalizado, cada vez más exigente y desgastante. No solo Dios ha sido desplazado de nuestras prioridades cotidianas; también la familia ha quedado relegada por la urgencia constante de lo inmediato.

Frente a este escenario, surge la pregunta: ¿cómo separaba tiempo Jesús?

Los evangelios nos ofrecen varias respuestas claras. Lucas 5:16 señala que se retiraba a lugares solitarios. Lucas 6:12 afirma que pasaba la noche en oración. Marcos 1:35 describe que, aún muy oscuro, el Señor ya estaba de rodillas. Estos pasajes revelan un patrón deliberado. Jesús no esperaba que el día le ofreciera un espacio libre, ni dejaba sus momentos de comunión al azar. Pasar tiempo con el Padre era, para Él, una prioridad y una necesidad. Por eso tomaba decisiones concretas: se apartaba y se levantaba.

Sin embargo, tampoco le resultaba fácil. A pesar de su cercanía con la naturaleza y de no cargar con responsabilidades familiares o laborales como las nuestras, el tiempo a solas le era difícil de proteger. Lucas 4:42 explica la razón: la gente lo buscaba y trataba de retenerlo para que no se apartara de ellos.

Marcos 6:30–48 ofrece una mirada reveladora a un día típico en la vida de Cristo. No tenían tiempo ni siquiera para comer (v. 31). Era necesario retirarse a la soledad (v. 32). Las multitudes los seguían a cualquier lugar (v. 33). Jesús despide a la multitud después de enseñarles (v. 45; cf. Mateo 14:22–23). Luego de toda esa actividad, sube al monte a orar (v. 46). Y entre las tres y las seis de la mañana, interrumpe su tiempo de oración para acudir en ayuda de sus discípulos (v. 48).

Estos pasajes muestran que el hábito de oración de Cristo descansaba sobre tres pilares fundamentales. En primer lugar, la decisión: Él tomaba la iniciativa de separar tiempo, incluso antes del amanecer. En segundo lugar, la necesidad: era plenamente consciente de la importancia de la intimidad con el Padre para recibir poder frente a las tentaciones y pruebas. Y en tercer lugar, la prioridad: por agotador que hubiera sido el día, eso nunca justificaba omitir su encuentro con Dios.

Este mismo principio aparece a lo largo de las Escrituras. Jacob, muy de mañana, tras un sueño decisivo, se levantó e hizo un pacto con Jehová (Génesis 28:18). Daniel, tres veces al día, se arrodillaba delante de su Dios, aun bajo amenaza de muerte (Daniel 6:10).

Finalmente, el salmista resume esta actitud espiritual con palabras claras y persistentes:
“De mañana oirás mi voz” (Salmo 5:3).
“Tarde y mañana y a mediodía oraré” (Salmo 55:17).
“De mañana mi oración se presentará delante de ti” (Salmo 88:13).

La Escritura no presenta la comunión con Dios como un acto ocasional, sino como una práctica deliberada, sostenida y prioritaria.

En un mundo que no descansa, la oración debiera ser nuestro lugar donde aprendemos a descansar.

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